Siruela | Celia Montolío | 2019 | 436 págs.
#Narrativa #ReinoUnido #1990
Pero otra cosa que suelen necesitar los tiranos para mantener el favor de sus súbditos es que estos se unan en contra de algo.
Los años ligeros, Elizabeth Jane Howard
Elizabeth Jane Howard y el arte de narrar sin levantar la voz
I. Bienvenidos al universo Cazalet (pasen sin hacer ruido)
Hay novelas que te seducen como un hechizo suave, sin grandes alardes ni explosiones dramáticas, pero que te atrapan con una red de detalles, silencios, miradas y frases entrecortadas. «Los años ligeros», primer volumen de la saga «Crónica de los Cazalet» de Elizabeth Jane Howard, es una de esas novelas. Ambientada en la Inglaterra prebélica de finales de los años treinta, nos sumerge en el mundo de una familia acomodada, que como muchas familias británicas, prefiere mirar hacia otro lado antes que aceptar que el mundo tal como lo conocen se va al garete. Pero en esta casa de campo con cocineras, criadas, té servido puntualmente y jardines cuidados, lo que realmente importa no son las amenazas exteriores, sino las interiores: los silencios conyugales, las infidelidades discretas, las expectativas asfixiantes, los secretos de alcoba y el sutil arte de reprimir emociones.
II. Estilo narrativo: Austen se encuentra con Freud en una reunión familiar
Howard escribe con la agudeza de una entomóloga emocional y la ironía elegante de una heredera tardía de Jane Austen. Pero no nos engañemos: si bien la estructura recuerda a los clásicos ingleses de casa solariega, la mirada es profundamente moderna, incluso feminista. La narración salta de personaje en personaje con soltura y precisión, utilizando una tercera persona cercana que nos mete dentro de las cabezas (y ansiedades) de cada uno. El efecto es casi terapéutico: lees una escena anodina de desayuno y sientes que estás presenciando un pequeño drama existencial digno de Ibsen con tostadas.
Los puntos de vista se alternan sin perder la coherencia ni el ritmo, y lo que podría parecer una novela costumbrista más, se convierte en una exploración quirúrgica de la psique familiar, con sus luces, sombras y neurosis perfectamente británicas.
III. Personajes: Nadie está bien, y por eso están todos tan bien escritos
Hay que agradecerle a Elizabeth Jane Howard el haber creado una familia entera en vez de un protagonista. Esto le permite explorar distintos ángulos de la sociedad y del alma humana sin tener que caer en el recurso de un narrador omnisciente cargado de opiniones. Tenemos a los tres hermanos Cazalet: Hugh, el primogénito traumatizado por la Primera Guerra Mundial (y por una esposa algo exigente); Edward, encantador y egoísta hasta niveles que dan ganas de lanzarle una taza de té; y Rupert, artista atormentado con una segunda esposa tan joven como antipática. A esto se suman esposas, hijos, sirvientes, abuelos, y toda una serie de secundarios tan nítidamente dibujados que a la tercera página ya los reconoces como si fueran parte de tu familia… esa parte de la familia con la que hablas poco en Navidad.
Y entre los personajes más entrañables (y complejos), están las niñas: Louise, Clary y Polly, que descubren la vida, el cuerpo, las expectativas de género y la injusticia del mundo adulto con una mezcla de ingenuidad, rebeldía y desesperación silenciosa. De hecho, uno de los grandes logros de la novela es que las voces infantiles no suenan falsas. No están idealizadas ni caricaturizadas: sienten, piensan y, sobre todo, observan. Y a veces entienden más que los adultos.
IV. Temas: El patriarcado con porcelana fina
Uno de los placeres (y horrores) de leer Los años ligeros es la manera sutil pero demoledora en la que Howard desmonta el ideal de la familia perfecta. Bajo las apariencias se esconden frustraciones sexuales, abandono emocional, infidelidades sistemáticas y una larga lista de cosas de las que no se habla, porque aquí no se habla de esas cosas. Y por si eso fuera poco, la guerra se cierne como un espectro silencioso, amenazando con romper esta falsa armonía de verano perpetuo.
La autora no necesita dar grandes discursos feministas. Le basta una frase como esta:
Las mujeres sabían que los hombres gobernaban el mundo, que tenían el poder y que, corrompidos por este, a la menor provocación se peleaban por tener más, mientras que la injusticia permeaba las vidas de las mujeres como aquellas palabras incrustadas en los palotes de caramelo.
Una cita que debería imprimirse en tazas, camisetas y quizás en alguna pancarta para marchas del 8M. Porque eso es lo que Howard hace: nos muestra cómo las mujeres viven atrapadas en roles que no eligieron, en matrimonios que las asfixian y bajo expectativas imposibles. Y lo más aterrador es que muchas de ellas no tienen palabras para expresar lo que les pasa, porque ni siquiera saben que algo les pasa. Simplemente lo aguantan.
También hay reflexiones sobre la educación emocional, o más bien la falta de ella:
Bueno, a nosotros nos educaron en la idea de que hacerse adulto era, en parte, aprender a no llorar por nada. Menos por la música, por patriotismo y por cosas por el estilo.
Una frase que podría haber escrito cualquier padre de los años treinta… o de hoy, si somos honestos.
V. Estructura: ¿Y si el conflicto fuera… la vida?
No esperes una trama con grandes giros. Los años ligeros no tiene asesinatos, ni misterios, ni redenciones explosivas. El conflicto es interno. Los clímax son suaves, casi imperceptibles. Es una novela de atmósferas, de silencios cargados, de emociones contenidas. Como si Chejov y Virginia Woolf hubieran colaborado en una miniserie de la BBC. Y sin embargo, te atrapa. Porque Howard tiene el don de hacer que lo pequeño importe. Que una mirada de reojo o una cena con los suegros pueda leerse con la misma tensión que una escena de espionaje.
VI. Premios y reconocimiento
Aunque «Los años ligeros» no ganó ningún premio literario importante en su momento, el tiempo la ha puesto en su lugar. La saga completa de Los Cazalet ha sido aclamada por crítica y público, adaptada a la radio por la BBC, y redescubierta por una nueva generación de lectores gracias al auge de las historias familiares bien escritas (sí, Downton Abbey, te miramos a ti, pero sin tus giros telenovelescos).
Hoy en día, Elizabeth Jane Howard es considerada una de las grandes narradoras británicas del siglo XX. Martin Amis, que fue su hijastro, la describió como «la mujer más inteligente que conocí». No está mal como epitafio literario.
VI. En resumen: ¿Deberías leerla?
Si disfrutas de sagas familiares con muchas capas, personajes complejos y un estilo elegante (por cierto, que bien escribe esta señora) con pinceladas de sarcasmo británico, «Los años ligeros» te va a encantar. No es un libro de consumo rápido. Es una lectura que pide pausa, atención y algo de paciencia, como una buena conversación con alguien que sabe más de lo que dice.
Y cuando termines, probablemente querrás seguir con el segundo volumen («Tiempo de espera»), porque para entonces ya te habrás convertido en una especie de espía emocional de los Cazalet, y necesitarás saber cómo demonios van a sobrevivir todos esos sentimientos reprimidos… y la guerra.